El alma es una naranja
Clemente Rojas murió una tarde de agosto; se pulverizó o lo que fuese
que le haya ocurrido, y si no hubiésemos estado allí en el mero instante de ese
desmoronamiento que lo asemejó a un terrón de azúcar diluyéndose en un remolino
de agua caliente, habrían conjeturado improbables e inverosímiles explicaciones
para ese suceso.
Parecía lleno de vida hasta
entonces, minutos antes predijo que el
día estaba fresco, para sorpresa de todos los que escucharon su declaración,
porque hasta el instante de su devaneo el calor volatilizaba; tras la
declaración, la temperatura descendió bruscamente hasta algunos pensamos que
pronto temblaríamos cual catramina embalada. Segundos después, le ocurrió eso
de morirse de forma tan extraña o como se llame lo que le sobrevino que hizo
ese ruido tan raro y que debió de ser lo primero que le sucedía sin su consentimiento.
Verdad es, que a don Clemente, el alma se le había mudado tres días
antes de aquel desmoronamiento, aunque el cuerpo siguió andando con alguna
pizca de esa energía que le rezumaba por alguna parte y que suficiente para
mantenerlo con todos los síntomas que manifiesta un vivo, porque a vivir con
poca cosa estaba bien acostumbrado: de haber cargado hasta entonces con un alma
diminuta, no mayor que una naranja, que quizá no creció nunca porque no supo
ganarse espacio entre las vísceras o quizá por ese carácter tan dominante que
tenía el desparecido que debió parasitar la desde siempre.
Aquel mudarse del alma fue como un
desprendimiento, libre y seguramente recuperada del shock que debió producirle
el vislumbrar tanto espacio para ella sola, intentó volver a su antiguo
hábitat. Luego de tentar un retorno imposible porque jamás podría ya encontrar
el pasadizo por el que había salido, se quedó rondando a don Clemente cuerpo,
como satélite sin orbita fija, el resto de aquel primer día de su libertad;
aunque necesitó dos más para convencerse de que ya nunca sería cargada a
cuestas con ese carácter insoportable, ni debería acomodarse como Dios la ayude
entre esa acumulación de vísceras que generalmente no funcionaban bien: porque
yo de lo que soy afectado del hígado y a veces de la digestión lenta y es
porque soy muy nervioso y de eso voy a terminar muriéndome.
Finalmente al tercer día, cuando advirtió que
don Clemente cuerpo se le diluía inexorablemente en el aire calmo de la tarde
de agosto, sufrió un sacudimiento que sonó a incontables ramas desgajadas entre
el rumoreo de los testigos espantados y que fue el motivo por el que los
presentes dijeron que la desaparición sonó como un temblor de tierra.
Aquellos tres días que corrieron desde que perdió el alma hasta el
desmoronamiento del cuerpo, fueron similares a los que ya llevaba acumulados en
sus setenta años. El único que creyó advertir algo inusitado fue su sobrino
Ernesto, con quien desde una discusión no había vuelto a hablarse, aunque se
espiaban de reojo: don Clemente seguía sus movimientos fingiendo indiferencia. Uno
de esos días, se encontraron en una de las galerías que le daban aspecto de
laberinto inconcluso a la casona desolada; Ernesto no logró ver en aquella oportunidad, la luz terrosa que le circundaba
y que él era el único en visualizar; tampoco pudo ver las luminiscencias que
solían quedar desperdigadas por algunos instantes sobre los objetos que había
tocado, marcando su recorrido con una suerte de estela de meteoro en desgracia.
“Algo malo se avecina”, pensó Ernesto.
-
Algún
día vas a agradecerme por todo esto que será tuyo.
-
Puede
quedarse con todo eso, tío, o si le place puede quemarlo porque yo no quiero
deberle a usted ni un peso.
Don Clemente
vio las paredes meciéndose a punto de desprenderse.
-
Nadie
puede ser tan desinteresado y ya veremos qué hace sin lo le dejo nada.
-
No importa qué me dé o haga por mí. Por el
único que podría privarse de algo es por usted mismo y entiéndalo bien, no
quiero deberle nada porque aún estando usted muerto me aparecería en cualquier
parte recalcándome cuánto le debo, reclamándome agradecimiento, despreciándome
desde la tumba.
Al principio
don Clemente se había resistía a creer que Ernesto hablase seriamente.
-
¡Nadie
puede ser tan desinteresado!
Habían
suspendido todo trato amistoso desde esa conversación y don Clemente cuerpo
siguió cargando aquellos tres días de su efímera trascendencia con el
resentimiento que había adquirido en la discusión. A cambio don Clemente alma
no guardaría resentimiento contra nada ni nadie y cuando vio a su sobrino
perdido en la desazón de la casona deshabitada, trató de ayudarlo para que no
sintiese la desesperanza e intentó hacerlo olvidar sus altercados, pero fueron
inútiles sus esfuerzos. Ernesto no podía ya escucharlo aunque diera señas de
percibir algo cuando se le aproximaba. Don Clemente alma sintió estrecharse sus
límites; sofocado en la necesidad de expandirse, había recibido una reacción
contraria. Contraído, buscó el ámbito del escritorio de papeles atiborrados
creyendo que allí encontraría un alivio para su desgracia. Fue por la tarde
cuando entró al cuarto la señorita secretaria, quien no dejaba de serle fiel y
eficiente ni a causa del duelo sofocante autoimpuesto que sólo ella se ocuparía
de guardar ni aunque la muerte los separe, ni aunque maliciasen, “porque si en
vida del difunto hice oídos sordos a tantas murmuraciones…” Lo primero que
advirtió la señorita Rosalía, fue el repugnante olor a tabaco que parecía
formar parte de la estructura molecular del aire del escritorio, luego vio el
sillón de cuero repujado mecerse como antaño. No necesitó echar una mirada hacia
la ventana. Sintió un cambio en el sentido de su circulación sanguínea a pesar
de que los hay que rumorean que no tiene sangre, porque supuso que allí parado,
estaba su amo, controlando desde su atalaya, volviendo irrespirable el aire con
sus habanos, con las piernas separadas, los brazos cruzados y aquel gesto en el
rostro como quien ha corrido una maratón interminable. “Sobrecogida por la
impresión, vea: con el corazón hecho harapos le diría yo”, echó una mirada: no
había nadie ni nada, bueno nada que ella pudiera percibir o visualizar, porque
don Clemente alma que se mecía pendularmente por entonces, sintió un peso
opresor en la desesperación por darle consuelo a la solterona que había
desperdiciado su vida esperando la cayera en cuenta. Ese peso opresor sobre el
alma lo hizo asemejarse a un limón de gruesa cáscara que por la presión parecía
a punto de perder un zumo oscuro. Flotó, flotó desesperado en busca de espacio;
loco como cometa en pérdida recorrió puntos diferentes de la estancia
inextensible.
A campo traviesa,
casi choca una cáfila de almas de indios
perdida, aún sediento desde que perecieran sitiados por el mismísimo general
Navarro, enclaustrados en un pucará que sólo le prolongó la agonía. Desde la
distancia que les ganaba en la antigua
indigencia de la búsqueda desesperante de una tinaja que las contuviera para la
eternidad.
Pasaba entre
peones atareados cuando la presión llegó al máximo. Por un instante pareció que
comenzaría a dilatarse en diferentes direcciones: tomó la apariencia de una
opaca anémona de mar desperezando volátil sus innumerables brazos en el aire calmo
de la tarde, fue una gelatinosa drusa viva, para de pronto implotar
desapareciendo irremisiblemente y sin dejar rastro, salvo un sonido vacuo que
apenas alcanzó para distraer la atención de los hombres.
- ¿Oíste eso Juan? Ha de ser la muerte que nos
pasó rozando.- dijo uno.
- O un espíritu
que se despide- contestó el otro.
Ambos
sonrieron.
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