viernes, 22 de marzo de 2013

EL ALMA ES UNA NARANJA


El alma es una naranja

Clemente Rojas murió una tarde de agosto; se pulverizó o lo que fuese que le haya ocurrido, y si no hubiésemos estado allí en el mero instante de ese desmoronamiento que lo asemejó a un terrón de azúcar diluyéndose en un remolino de agua caliente, habrían conjeturado improbables e inverosímiles explicaciones para ese suceso.
Parecía lleno de vida  hasta entonces,  minutos antes predijo que el día estaba fresco, para sorpresa de todos los que escucharon su declaración, porque hasta el instante de su devaneo el calor volatilizaba; tras la declaración, la temperatura descendió bruscamente hasta algunos pensamos que pronto temblaríamos cual catramina embalada. Segundos después, le ocurrió eso de morirse de forma tan extraña o como se llame lo que le sobrevino que hizo ese ruido tan raro y que debió de ser lo primero que le sucedía sin su consentimiento.
Verdad es, que a don Clemente, el alma se le había mudado tres días antes de aquel desmoronamiento, aunque el cuerpo siguió andando con alguna pizca de esa energía que le rezumaba por alguna parte y que suficiente para mantenerlo con todos los síntomas que manifiesta un vivo, porque a vivir con poca cosa estaba bien acostumbrado: de haber cargado hasta entonces con un alma diminuta, no mayor que una naranja, que quizá no creció nunca porque no supo ganarse espacio entre las vísceras o quizá por ese carácter tan dominante que tenía el desparecido que debió parasitar la desde siempre.
Aquel mudarse del alma fue como un desprendimiento, libre y seguramente recuperada del shock que debió producirle el vislumbrar tanto espacio para ella sola, intentó volver a su antiguo hábitat. Luego de tentar un retorno imposible porque jamás podría ya encontrar el pasadizo por el que había salido, se quedó rondando a don Clemente cuerpo, como satélite sin orbita fija, el resto de aquel primer día de su libertad; aunque necesitó dos más para convencerse de que ya nunca sería cargada a cuestas con ese carácter insoportable, ni debería acomodarse como Dios la ayude entre esa acumulación de vísceras que generalmente no funcionaban bien: porque yo de lo que soy afectado del hígado y a veces de la digestión lenta y es porque soy muy nervioso y de eso voy a terminar muriéndome.
Finalmente al tercer día, cuando advirtió que don Clemente cuerpo se le diluía inexorablemente en el aire calmo de la tarde de agosto, sufrió un sacudimiento que sonó a incontables ramas desgajadas entre el rumoreo de los testigos espantados y que fue el motivo por el que los presentes dijeron que la desaparición sonó como un temblor de tierra.
Aquellos tres días que corrieron desde que perdió el alma hasta el desmoronamiento del cuerpo, fueron similares a los que ya llevaba acumulados en sus setenta años. El único que creyó advertir algo inusitado fue su sobrino Ernesto, con quien desde una discusión no había vuelto a hablarse, aunque se espiaban de reojo: don Clemente seguía sus movimientos fingiendo indiferencia. Uno de esos días, se encontraron en una de las galerías que le daban aspecto de laberinto inconcluso a la casona desolada; Ernesto no logró ver en aquella  oportunidad, la luz terrosa que le circundaba y que él era el único en visualizar; tampoco pudo ver las luminiscencias que solían quedar desperdigadas por algunos instantes sobre los objetos que había tocado, marcando su recorrido con una suerte de estela de meteoro en desgracia.
“Algo malo se avecina”, pensó Ernesto.
-          Algún día vas a agradecerme por todo esto que será tuyo.
-          Puede quedarse con todo eso, tío, o si le place puede quemarlo porque yo no quiero deberle a usted ni un peso.
Don Clemente vio las paredes meciéndose a punto de desprenderse.
-          Nadie puede ser tan desinteresado y ya veremos qué hace sin lo le dejo nada.
-           No importa qué me dé o haga por mí. Por el único que podría privarse de algo es por usted mismo y entiéndalo bien, no quiero deberle nada porque aún estando usted muerto me aparecería en cualquier parte recalcándome cuánto le debo, reclamándome agradecimiento, despreciándome desde la tumba.
Al principio don Clemente se había resistía a creer que Ernesto hablase seriamente.
-          ¡Nadie puede ser tan desinteresado!
Habían suspendido todo trato amistoso desde esa conversación y don Clemente cuerpo siguió cargando aquellos tres días de su efímera trascendencia con el resentimiento que había adquirido en la discusión. A cambio don Clemente alma no guardaría resentimiento contra nada ni nadie y cuando vio a su sobrino perdido en la desazón de la casona deshabitada, trató de ayudarlo para que no sintiese la desesperanza e intentó hacerlo olvidar sus altercados, pero fueron inútiles sus esfuerzos. Ernesto no podía ya escucharlo aunque diera señas de percibir algo cuando se le aproximaba. Don Clemente alma sintió estrecharse sus límites; sofocado en la necesidad de expandirse, había recibido una reacción contraria. Contraído, buscó el ámbito del escritorio de papeles atiborrados creyendo que allí encontraría un alivio para su desgracia. Fue por la tarde cuando entró al cuarto la señorita secretaria, quien no dejaba de serle fiel y eficiente ni a causa del duelo sofocante autoimpuesto que sólo ella se ocuparía de guardar ni aunque la muerte los separe, ni aunque maliciasen, “porque si en vida del difunto hice oídos sordos a tantas murmuraciones…” Lo primero que advirtió la señorita Rosalía, fue el repugnante olor a tabaco que parecía formar parte de la estructura molecular del aire del escritorio, luego vio el sillón de cuero repujado mecerse como antaño. No necesitó echar una mirada hacia la ventana. Sintió un cambio en el sentido de su circulación sanguínea a pesar de que los hay que rumorean que no tiene sangre, porque supuso que allí parado, estaba su amo, controlando desde su atalaya, volviendo irrespirable el aire con sus habanos, con las piernas separadas, los brazos cruzados y aquel gesto en el rostro como quien ha corrido una maratón interminable. “Sobrecogida por la impresión, vea: con el corazón hecho harapos le diría yo”, echó una mirada: no había nadie ni nada, bueno nada que ella pudiera percibir o visualizar, porque don Clemente alma que se mecía pendularmente por entonces, sintió un peso opresor en la desesperación por darle consuelo a la solterona que había desperdiciado su vida esperando la cayera en cuenta. Ese peso opresor sobre el alma lo hizo asemejarse a un limón de gruesa cáscara que por la presión parecía a punto de perder un zumo oscuro. Flotó, flotó desesperado en busca de espacio; loco como cometa en pérdida recorrió puntos diferentes de la estancia inextensible.
A campo traviesa, casi choca  una cáfila de almas de indios perdida, aún sediento desde que perecieran sitiados por el mismísimo general Navarro, enclaustrados en un pucará que sólo le prolongó la agonía. Desde la distancia  que les ganaba en la antigua indigencia de la búsqueda desesperante de una tinaja que las contuviera para la eternidad.
Pasaba entre peones atareados cuando la presión llegó al máximo. Por un instante pareció que comenzaría a dilatarse en diferentes direcciones: tomó la apariencia de una opaca anémona de mar desperezando volátil sus innumerables brazos en el aire calmo de la tarde, fue una gelatinosa drusa viva, para de pronto implotar desapareciendo irremisiblemente y sin dejar rastro, salvo un sonido vacuo que apenas alcanzó para distraer la atención de los hombres.
 - ¿Oíste eso Juan? Ha de ser la muerte que nos pasó rozando.- dijo uno.
- O un espíritu que se despide- contestó el otro.
Ambos sonrieron.